La espiritualidad es una fuerza en la medida en que se va transformando cada pensamiento, cada sentimiento, cada palabra en un acto consciente.
La consciencia resalta ante nosotros mismos nuestra verdadera intención, frente a cualquier situación, incluso cuando oramos.
La intención puede entenderse como un plan, un objetivo o una voluntad consciente de llevar a cabo una acción específica.
El concepto de intención en el contexto espiritual y afectivo, especialmente cuando se trata de pedir algo a lo Divino en favor de otra persona —por ejemplo, en una oración, que es una energía puesta en movimiento y, claro, depende de la intención con la cual la realizamos— puede corresponder a diversas cuestiones de nuestro ser, de nuestro mundo interior.
La reflexión que sigue aborda los conflictos internos que surgen en esos momentos, la relación entre intención y el sentimiento de culpa, y la importancia del discernimiento para transformar las solicitudes en actos de cuidado y compasión.
La intención como movimiento consciente
La intención puede comprenderse como un plan, un objetivo o una voluntad consciente de realizar una acción específica.
Puede ser personal, cuando pertenece a un sujeto o a una situación concreta; puntual, cuando se dirige a un resultado o acción específica; y consciente, cuando el individuo sabe lo que desea y qué dirección está asumiendo.
En ese sentido, la intención es más que un deseo momentáneo: es un movimiento interior que implica responsabilidad y dirección.
Cuando pedimos algo a lo Divino por otra persona, en una oración, en elevación de nuestro pensamiento, puede surgir una duda silenciosa:
¿realmente estamos pidiendo por el bien de esa persona, o estamos, de algún modo, buscando aliviar nuestro propio sufrimiento frente a la situación que vive la persona?
Esta pregunta se vuelve aún más sensible cuando pensamos en alguien que vive en gran fragilidad —como una persona mayor, con demencia, dependiente de cuidados, viviendo en una clínica o con una discapacidad.
En esos casos, el pedido espiritual puede llevar consigo, al mismo tiempo, el amor por el otro y las emociones difíciles que sentimos frente a la vulnerabilidad ajena.
Conversando con un orientador espiritual recibí el siguiente consejo:
“un pedido, en este caso, no debe ser visto como una oposición entre “yo” y “el otro”.
Es decir, es una vía de doble sentido: hacemos el pedido por el otro, deseando su bienestar, pero también recibimos gracia, consuelo y transformación interior.
Esa doble dimensión no es una señal de egoísmo.
Es parte natural de la experiencia espiritual y emocional humana.
Sin embargo, muchas personas sienten culpa al hacer estas solicitudes, influidas por conceptos culturales, religiosos o morales que refuerzan los juicios internos y dificultan la aceptación de sus propias emociones.
Intención y discernimiento: un camino hacia la acción benevolente
Desarrollar consciencia y discernimiento es fruto de un trabajo interior continuo, que nos invita a revisar creencias rígidas, reconocer sentimientos y comprender mejor lo que mueve nuestras intenciones.
Cuando crecemos en este proceso, el pedido deja de ser una carga para quién lo hace y de llevar consigo el sentimiento de culpa.
Se transforma, entonces, en una intención benevolente, orientada al cuidado, al respeto y al bienestar del otro.
Una manera de tornar el pedido más ligero y alineado con el cuidado es reformular la forma en que expresamos nuestras oraciones, nuestras palabras.
Algunas posibilidades incluyen, por ejemplo:
- “Que ella pueda sentir serenidad y consuelo en este momento”;
- “Que sus días sean ligeros y tranquilos”;”;
- “Deseo que esté envuelta en una paz y cariño”;
- “Que su corazón encuentre descanso y suavidad”;
- “Que sea acogida con ternura y tranquilidad”;
- “Que reciba todo el cuidado necesario para vivir con dignidad y sin sufrimiento”;
- “Que podamos garantizarle confort, respeto y bienestar”;
- “Deseo que sea acompañada con atención, humanidad y compasión”;
- “Que sus días estén marcados por cuidados éticos y sensibles a sus necesidades”;
- “Que tenga un ambiente seguro y acogedor, que se respete su fragilidad y su historia”;
- “Deseo que viva este momento con dignidad, tranquilidad y afecto.”
Se percibe que, al reformular nuestros pedidos de este modo, experimentamos un mayor alivio emocional.
El sentimiento de culpa se disuelve y el gesto se vuelve más suave, más cuidadoso y verdaderamente orientado al otro.
El acto de pedir no es por conseguir algo personal, sino que se transforma en una expresión auténtica de compasión, respeto y amor.
Así, ese acto se convierte en una posibilidad de desenvolvimiento interior de manera liviana, libre y más humana —verdaderamente orientada al otro y para el otro, pero también capaz de transformar a quien pide.



