Cuando escuchamos a la naturaleza, aprendemos a escucharnos a nosotros mismos.
Muchos de nosotros hemos oído hablar de los beneficios del baño de bosque (Forest Bathing), una práctica originada en Japón que ofrece beneficios espirituales y de sanación para todos; sin embargo, no todos tenemos acceso a un bosque cercano. Pero no hay que preocuparse: no es necesario vivir en el campo ni estar cerca de un bosque para recibir los beneficios del contacto con la naturaleza. Un paseo tranquilo por tu vecindario, prestando atención consciente a los jardines, árboles, aves, o incluso a macetas en ventanas o pequeñas áreas verdes junto a la acera en una calle concurrida, puede alegrar el alma y generar consciencia y el despertar interior.
Todo comienza con la intención: con frecuencia salimos a caminar para ejercitar el cuerpo físico, pero ¿prestamos atención a nuestro cuerpo psíquico y espiritual? ¿Notamos cómo nos sentimos cuando vemos una diminuta flor que ha logrado crecer a través de una grieta en la acera? ¿Nos permitimos ser tocados por su delicadeza y su profunda fortaleza? ¿Reconocemos que nosotros también poseemos esa misma delicadeza y fortaleza cuando nos permitimos desenvolvernos espiritualmente y llegar a ser plenamente quiénes somos?
Silencio y presencia en la naturaleza
Es muy fácil cerrar nuestros sentidos e intentar protegernos del bombardeo del ruido cotidiano. A veces ni siquiera somos conscientes de que lo estamos haciendo. Oímos el tráfico, pero no escuchamos el zumbido de una abeja ni el canto de un pájaro. Nos ponemos audífonos cuando caminamos, no solo para escuchar un podcast, sino también para bloquear los sonidos que nos rodean. Es comprensible, que así sea. Pero cuando hacemos esto, también bloqueamos los sonidos de la naturaleza que nuestro cuerpo y espíritu necesitan para sanar.
El silencio no necesariamente significa ausencia total de sonido, pero también puede significar ausencia de “ruido”. Exploremos la diferencia. Las características físicas del sonido suelen describirse como una forma de onda regular y periódica, mientras que la forma del ruido de una onda suele describirse como irregular y caótica o desordenada. El sonido generalmente se considera neutro o positivo, mientras que el ruido tiene una definición subjetiva como algo indeseado o negativo. Nuestro trabajo, entonces, es aprender a prestar atención al sonido en lugar de dejarnos abrumar por el ruido. Podemos practicar esto entrenando nuestros oídos para reconocer los sonidos sanadores de la naturaleza y sumergirnos en ella tan a menudo como sea posible.
Recordemos también que las ondas sonoras viajan tanto por el aire como por el agua, por lo que no solo escuchamos el sonido: este vibra a través de todo nuestro cuerpo, ya sea de forma armoniosa o caótica.

El rango de frecuencia en hertzios del canto de los pájaros, por ejemplo (1.000 – 8.000 hertz), se considera el “punto dulce” para la audición humana. Y, si lo pensamos, resulta interesante que el canto de las aves suele considerarse muy sanador para el cuerpo humano. Algunos sugieren que esto se debe a que, desde tiempos antiguos, los pájaros no cantan si hay un depredador cerca; por lo tanto, cuando cantan, significa que el entorno es seguro y nuestro sistema nervioso puede relajarse.
Para algunas personas, el sonido de las abejas puede causar miedo; sin embargo, yo encuentro particularmente reconfortante el zumbido grave de un abejorro, y el zumbido colectivo de una colmena de abejas me hace vibrar interiormente. Siento como si escuchara el sonido OM del universo y puedo imaginar su vibración recorriendo todo mi cuerpo. Me resulta profundamente sanador.
Cultivar el silencio interior – el arte de escuchar
Como cualquier nuevo aprendizaje, se necesita práctica para sintonizarnos con nuevas posibilidades. Al principio, es importante salir deliberadamente a la naturaleza con la intención de escuchar. La naturaleza está viva y, cuando abrimos todos nuestros sentidos a su presencia, recibimos más beneficios que simplemente verla como una imagen bonita (eso podemos hacerlo en nuestras pantallas). Cuando realmente estamos sintonizados con la naturaleza, también podemos olerla, escucharla y seguir su guía. Podemos maravillarnos ante su belleza, pero también ante su creatividad, resiliencia y abundante diversidad.
Tomarnos el tiempo para permitir que nuestros sentidos se desaceleren al ritmo de la naturaleza permite conectarnos con esa esencia sagrada que está presente en todas las cosas. El silencio de ese espacio sagrado puede sentirse entonces en cada célula de nuestro cuerpo, calmándonos, consolándonos y devolviéndonos a nuestro ser esencial. Desde allí, tenemos la oportunidad de sentir la unicidad; la unidad, de toda la creación. Incluso si nuestra mente solo puede sostener ese espacio durante unos segundos, es algo que todo ser humano necesita experimentar. La práctica, entonces, consiste en buscar esos momentos cada día: como alimento para el alma. Cada vez que cultivamos esta práctica de escuchar verdaderamente el silencio sagrado interior, fortalecemos nuestra capacidad de crecer espiritualmente, conocernos y desplegar nuestro verdadero ser.

¿Qué puede enseñarnos la naturaleza sobre nuestro propio camino de devenir?
La naturaleza tiene su propia forma de estar presente: no puedo imaginar a un narciso celoso de una rosa, ni a una rosa envidiando a un roble. Cada flor, planta o árbol se sostiene plenamente en sí mismo, siendo completamente lo que es. Cuando meditamos sobre esta observación e integramos esta idea en nosotros, podemos resonar con la fortaleza, la belleza y la singularidad de la naturaleza dentro de nosotros y sentir esa increíble paz y silencio de la pura presencia.
Puede parecer anticuado “erraba solitario como una nube…”, pero William Wordsworth comprendía la condición humana y las posibilidades sanadoras de pasar tiempo en la naturaleza. También entendía el regalo de interiorizar la energía y belleza de la naturaleza de tal manera que podamos evocarla cuando la necesitemos. Esa práctica de estar realmente presentes en la naturaleza es un poderoso ejemplo de meditación.
Con el tiempo, al practicar esta observación tanto interior como exteriormente, comenzarás a notar en la naturaleza muchas más posibilidades extraordinarias de aprendizaje.

La curiosidad puede ser una clave para desenvolvernos
¿Sabías que nuestros cuerpos tienen receptores incorporados para percibir ciertos aromas de la naturaleza? Por ejemplo:
- La bergamota es conocida por elevar el ánimo.
- La lavanda es un aroma comprobado para la calma y la relajación.
- El romero ayuda a la memoria.
- La menta es estimulante y calmante a la vez.
Existen cientos de hierbas y plantas literalmente diseñadas para ayudarnos. ¿Tienes suficiente curiosidad para plantar algunas en tu ventana? Incluso si no tienes acceso a la naturaleza exterior, puedes arrancar una hoja de albahaca e inhalar su delicado aroma convirtiéndola en una mini meditación. Cierra los ojos y respira el aroma del romero, luego ábrelos y maravíllate ante su magnífica estructura, contemplando su increíble poder sanador.
https://germinarte.es/propiedades/romero-propiedades-y-beneficios-para-la-salud

¿Puedes tomarte el tiempo para observar un helecho joven y notar el exquisito patrón del código de Fibonacci (también conocido como la Proporción Áurea)? ¿Y luego verlo nuevamente en una concha marina, un girasol, una galaxia espiral o una piña de pino? ¿Puedes sentarte y contemplar tu propio desenvolvimiento espiritual dentro de este contexto de expansión y devenir exactamente en quien estás destinado a ser?
¿Por qué es importante?
La vida en la Tierra es una vida de interdependencia. Es cierto que la naturaleza ha existido mucho antes que la humanidad; sin embargo, la humanidad depende profundamente de la existencia equilibrada de la naturaleza. Nuestra comida, agua y nuestra propia existencia dependen de nuestra relación con ella. Cuando vemos la naturaleza como un simple recurso para explotar, alteramos el delicado equilibrio de la relación simbiótica que podemos tener con ella. En cambio, cuando despertamos espiritualmente, comenzamos a notar cuán evidente es la necesidad de cuidar y proteger la naturaleza y, por lo tanto, de cuidarnos y protegernos a nosotros mismos y a los demás.
Cuando reconocemos nuestra conexión y dependencia de la naturaleza, desarrollamos humildad y compasión. Aprendemos que honrar la naturaleza es honrar la vida misma, y que somos responsables de cómo tratamos a la naturaleza y, por extensión, de cómo tratamos a los otros seres humanos y a todos los seres que comparten este planeta.
La naturaleza no solo sostiene nuestra existencia; también es nuestra maestra en el camino del despliegue espiritual. ¿Estás escuchando? ¿Te permites sentir el silencio interior?
Dentro del silencio de la naturaleza y de nosotros mismos, la sabiduría espera para poder hablar.



