Uno de los principios de la vida espiritual es vivir el presente. El aquí y ahora como forma de estar atento al hecho fundamental de la vida: ser parte de ella en todos los sentidos. Cuando ese «mandato» se hace costumbre, convierte las circunstancias de la vida del ser humano en hechos vitales que marcan su derrotero. Es así que esa sentencia de Ortega y Gasset cuando dice «el hombre es él y su circunstancia» (hoy diría “el ser humano es él y su circunstancia”) se convierte en una serie de vivencias conscientes en lugar de hechos aleatorios ajenos a la voluntad individual.
No obstante ello, el pasado aparece de vez en cuando impregnando las circunstancias del presente porque, a pesar de que los seres humanos que practican un camino o idea espiritual tienen un objetivo trascendente, son humanos.
La imperfección humana como punto de partida del crecimiento
La naturaleza del ser humano es intrínsecamente incompleta. Eso le hace cometer errores de los que luego se arrepiente. El trabajo en el campo espiritual va llenando los huecos de esa falencia y es, a la vez, una vía de comprensión de la propia inferioridad. El resultado con el paso del tiempo es el cambio del estado de consciencia y, como consecuencia, modifica su comportamiento, que se hace más inclusivo y centrado en las necesidades del conjunto antes que en el propio. Ese proceso revela otra virtud de la espiritualidad que es la humildad.
Otra característica especial de la espiritualidad para procesar y sanar frente a los errores del pasado es la resiliencia. Si bien no es una virtud privativa de quien vive la espiritualidad, en ellos se ve potenciada por el reconocimiento de su integración al todo y a la necesidad de recomponerse frente a lo que no es modificable: el pasado. Es como un auto perdón y un compromiso a dejar atrás esos errores buscando ser conscientes de que ya no se repetirán. Eso es consecuencia de una toma de conciencia al verlo en su interior a la luz de los valores trascendentes que reinan en su condición espiritual.
Quien acepta vivir con valores espirituales y practica un camino de desenvolvimiento modifica permanentemente su estado de consciencia, por eso, a las virtudes que anteceden, se le agrega la de vivir conscientemente.
La culpa y su peso: cómo la consciencia actúa como reparador del alma
Una de las cargas que magnifican la influencia del pasado en nuestro presente es la culpa. La naturaleza del ser humano le hace cometer «errores» que producen marcas indelebles en su consciencia como los rayones en la carrocería de un auto. En este caso solo un acto de profunda humildad y aceptación de su humanidad, así como la evolución de su estado de consciencia, pueden actuar como el «chapista» del ejemplo del auto.
Otro de los hechos más significativos del impacto del pasado son las decisiones que se toman en cada momento de la vida. Si bien las razones por las que se tomaron ciertas decisiones son multi causales, lo cierto es que las verdaderas razones quedan desdibujadas y ocultas por el paso del tiempo. No todos los actores que padecieron las consecuencias de esas decisiones conocen el origen de esas razones y pueden evaluarlas erróneamente condenando a quienes las tomaron sin conocer el porqué de ellas.
Hacerse cargo: el paso esencial para liberarse del pasado
Hacerse cargo de las consecuencias del pasado es fundamental para que los sentimientos de culpa no erosionen a la persona que es en el presente.
Los valores de la espiritualidad ayudan a la reflexión individual para la sanación de las heridas que dejó el pasado y que bloquean la necesaria paz y armonía en las relaciones del presente.
Sin embargo los valores espirituales por si solos no aseguran que todo lo dicho anteriormente sea válido si no hay un trabajo en sí mismo para que se produzca un cambio del estado de consciencia que interiorice esos valores y sean los que rijan el comportamiento. La base de ese trabajo es la perseverancia en practicar un método de vida que percole en la realidad interior y en los patrones de conducta que dejen de ser regidos por el interés personal, el propio bienestar y deseos.
Desarrollar un sentido de vida que integre la mente, el cuerpo y el espíritu del ser humano es parte del objetivo de ese trabajo en lo individual y su proyección al entorno relacional que conduce a integrarse al todo como objetivo trascendente.
Visto de esta manera el pasado deja de ser una carga cuando se presenta en forma repentina y sin aviso por haber sido ya integrado y transmutado en acciones de altruismo y ofrenda que habían estado ausente en ese pasado.
La espiritualidad no borra lo que cada uno vive, pero sí puede transformar cómo lo llevamos. Una invitación a reflexionar: ¿qué decisión del pasado podrías mirar hoy con más comprensión y menos juicio?