Autenticidad y ser uno mismo
A continuación describiré cómo comprendo los conceptos de “ser uno mismo” o “ser sí-mismo” y de “desenvolvimiento espiritual” en el contexto de este artículo para, a partir de ello, proponer su relación. Tal como hablaremos de “la importancia de ser uno mismo en el desenvolvimiento espiritual” nos preguntaremos si podemos hablar de “la importancia del desenvolvimiento espiritual para ser uno mismo”.
Mantendré la expresión “ser uno mismo” aunque preferiría decir “tenerse a uno mismo”, como veremos más adelante.
Ser sí–mismo
El concepto de sí-mismo corresponde al término self en inglés o Selbst en alemán. Se refiere a lo propio, a lo mío, a diferencia de lo ajeno, a la mismidad versus la otredad. No se trata de posesiones, de objetos que poseo, sino de todo aquello en que me reconozco y diferencio de otros, donde están incluidos mis valores (lo que es bueno y valioso para mí). Es el espacio de acción del yo, decía Viktor Frankl, el mundo en que me muevo y actúo. Frankl diferencia el sí-mismo de persona. Siguiendo al filósofo Max Scheler, utiliza el concepto de persona para referirse a la esencia del ser humano o también espíritu (Geist en alemán). Y para diferenciarlo utilizaba la siguiente metáfora: la persona es como la luz, que en sí misma no se ve, lo que vemos es lo que ilumina y analizando lo que ilumina inferimos sus propiedades. Así, en lo que “ilumina” la persona ––lo valioso que le motiva, que le conmueve y compromete a actuar, vale decir el sí-mismo–– yo puedo ir reconociendo a mi persona, mi esencia, mi espíritu.
Desenvolvimiento espiritual (DE en adelante)
¿Por qué hablamos de desenvolvimiento y no, p.ej., de desarrollo? Desenvolver significa sacar algo de su envoltura y a medida que lo saco lo voy viendo, conociendo, tal vez comprendiendo, pero no lo modifico, no lo cambio. Desarrollo es cambio, crecimiento, evolución. Nuestro cuerpo se desarrolla, al igual que nuestra psique o alma. No así nuestro espíritu (o persona). Éste se va descubriendo, develando, desplegando, desenvolviendo.
¿Qué es la autenticidad?
No es tan fácil ser uno mismo. A veces se tienen ideas de cómo uno debería ser, que no coinciden con uno mismo y entonces se representa un personaje ajeno y se pasa a ser un impostor. A veces ese personaje ajeno se refuerza por las expectativas del entorno ––los padres, la sociedad–– que no me atrevo a defraudar. Entonces no estudio la carrera que me daría plenitud, sino la que otros esperan de mí o la que me daría éxito y reconocimiento social.
Permitirse ser uno mismo, con todo lo que ello implique y a veces con costos no menores, es lo que llamamos autenticidad.
Para desarrollar autenticidad requiero cultivar la capacidad de tomar distancia de mí mismo para poder auto observarme y percibirme. Un prerrequisito para poder hacerlo es aceptarme en lo que soy y en lo que tengo. Solo lo que acepto puedo cambiar, si es conveniente y posible hacerlo. También requiero de una relación de cercanía y valoración de lo propio para poder apreciarlo y cuidarlo.
Autenticidad y desenvolvimiento espiritual
Un planteamiento fundamental en esta propuesta, es que la autenticidad es una condición necesaria para el DE. Alguien inauténtico, un impostor que vive mintiéndose a sí mismo y a los demás, no es un candidato para poder desenvolver su propia persona, ya que no se tiene a sí mismo.
Por otra parte, ¿es una condición suficiente? Sin duda alguien auténtico ya tiene un grado de DE, puesto que escucha la voz de su persona y es leal a esa voz. He conocido personas muy auténticas que al hablar sobre el tema me han dicho algo así: “Mira, yo amo a mi familia, mis amigos, mi trabajo y lo que aporto con ello a la sociedad, pero no me pidas que ame a toda la humanidad y a un dios que ni sé si existe”. Es legítimo que para muchos no haya una voluntad de seguir expandiendo su conciencia. Por otra parte, he conocido a otros que, sin habérselo propuesto, es decir sin un acto voluntario, son seres con un gran DE. Seguir un proceso de DE es una elección personal.
El yo y la voluntad
La voluntad no está en nuestro espíritu. Éste nos puede mandar mensajes de lo que considera importante, pero no puede ejecutarlos por sí solo. Quien debe recibir esos mensajes es el yo. Pero el espíritu no es la única voz que nos habla. Nos habla el cuerpo por sus necesidades, como comer, nos habla la psique (o alma) por sus deseos, miedos y otros, nos habla el mundo externo que nos demanda y requiere. El yo debe interpretar esas múltiples voces, si es consciente de ellas, y responder a través de acciones o no dar respuesta, que es también una respuesta. Si no respondemos a las demandas del cuerpo –y no lo alimentamos– o a las de la psique, ya no nos van a hablar sino gritarán con gran fuerza. Lo mismo el mundo externo. El espíritu no grita, nos susurra, por eso es más fácil pasarlo por alto.
El yo es el intérprete y ejecutor en cada ser humano. Como encarna la voluntad, es el responsable de lo que hace en y con su vida. El yo, además de interpretar los mensajes de sus tres dimensiones internas (cuerpo, psique y espíritu) y los del mundo externo, debe saber administrar adecuadamente las respectivas respuestas a través de sus acciones.
Usemos una empresa como metáfora para un ser humano: los clientes son el mundo externo, las estructuras físicas y organizacionales son el cuerpo, los empleados ––con sus demandas y sueños–– son el alma, el directorio es el espíritu y el gerente es el yo. Un buen gerente no debe tener intereses particulares en otras organizaciones que compitan con la empresa que administra, incluso tampoco en ésta. Debe estar libre de todo interés propio que pueda afectar el total cumplimiento de las directrices dadas por el directorio, como también responder bien a las demandas de los clientes. Asimismo el yo debe ser libre de intereses propios, ajenos a la administración de lo requerido por el espíritu en su conexión con el mundo externo, sin descuidar al cuerpo y el alma. ¿Cuáles serían posibles “intereses propios”? Identificaciones del yo que lo hagan sentirse importante y visible por sí mismo, más allá de su función, construyendo lo que solemos llamar un “ego” o un pseudo yo. Aquí el yo se identifica con el sí mismo o con algunas partes de éste: “yo soy lo mío”, o en otras palabras, “yo soy lo que tengo”. El valor del sí mismo, de lo mío, de lo que tengo, es ser el campo de acción del yo, al servicio de la persona o espíritu. Por lo tanto debe ser dinámico: cuando algo de lo mío deja de ser funcional al espíritu, el yo lo debe soltar, dejar ir. Pero si “yo soy lo mío” no lo puedo soltar, porque dejo de ser yo.
Un yo ideal sería un yo sin contenido propio, vacío de identificaciones, libre de “egos”. Sin embargo, algo así es muy difícil de lograr, especialmente en una sociedad competitiva, donde debemos mostrar una imagen con la que nos vendemos.
Ser un yo totalmente libre no es el objetivo de la autenticidad, pero sí lo es el del DE. Un individuo auténtico requiere de la suficiente libertad del yo como para alcanzar una existencia plena, una vida con sentido, realizando en su mundo los valores de la persona. En el DE la persona busca amar en forma tan expansiva hasta incluirlo prácticamente todo, haciéndose uno con esa totalidad. Cualquier atisbo de ego generaría algún grado de separación que se opondría a la completa unión. Vaciándose completamente el yo puede devolver el espíritu a su fuente original.
La interrelación entre el sí mismo y el desenvolvimiento espiritual
Tenerse a sí mismo y permitirse serlo es lo que referíamos como autenticidad. Como decíamos antes el sí-mismo es lo mío y yo no soy lo mío, solo lo tengo. Y lo tengo mientras pueda estar al servicio de la persona, para ello no puedo tener una relación posesiva con lo mío. El sí mismo puede verse entonces como un instrumento al servicio del espíritu. Es el campo de acción del yo, en especial cuando éste actúa en representación de la propia persona, del espíritu. El sí mismo está compuesto de un enorme número de elementos, partiendo por el cuerpo y la psique (el alma), además de mis valores, capacidades, profesión, mis relaciones y redes sociales, mis recursos económicos e intelectuales. El instrumento es en la práctica un gran número de instrumentos, una orquesta sinfónica completa, con coro incluido, y cuyo director es el yo, quien interpreta y ejecuta la música del espíritu. No siempre deben estar todos los instrumentos. A veces puede ser el solo de violín. Puede ser que ciertos instrumentos ya no se requieran más o que se necesiten otros nuevos. Si el director tiene preferencia por algún instrumento, lo va a dejar aunque ya no se requiera, o si aborrece alguno que haga falta, lo va omitir, sacrificando la música el autor.
¿Qué necesito para desenvolverme espiritualmente?
Quien anhela un DE va a querer la libertad plena del yo y que no se amarre por identificaciones con elementos del sí mismo. Para ello debe tener un buen conocimiento de sí mismo y del rol que juegan sus elementos que lo constituyen. Con ese fin se apoya en prácticas que facilitan el autodistanciamiento necesario para conocerse (meditaciones, retrospecciones, retroalimentaciones, etc.). Un reconocido yogui indio enseñaba una meditación que consistía en preguntarse ¿quién soy yo? y cada vez que tenía una respuesta había que desecharla bajo la consigna de “si puedo verlo, no soy eso”. Podríamos reformularlo: “es algo mío, pero no soy eso”.
Conozco a un destacado pensador–escritor de 82 años que ha escrito varias decenas de libros. Hace un par de semanas, cuando ya daba por terminado este escrito, me decía que, releyendo su último libro, publicado hace poco más de un año, se daba cuenta de que hoy ya no lo podría escribir con la misma solidez y coherencia. Y eso le generaba mucha angustia, hasta el punto en que si ese “deterioro” continuaba a ese ritmo, no lo podría soportar mucho tiempo más e iría a algún país en que pudiese recibir la eutanasia, independientemente de su salud corporal y de toda ausencia de sufrimientos por dolores físicos. “Es que dejaría de ser yo mismo y mi vida ya no tendría sentido.” Le digo: “Entiendo que tu magnífica obra es gran parte de lo tuyo –además de un gran aporte que nos dejas como sociedad (por lo tanto también es nuestra)– pero tú, como persona, ¿eres lo tuyo? ¿Eres lo que tienes? Si quieres conversarlo, estoy disponible para ti”. Espero que se decida a dar ese paso.
Expongo lo anterior como muestra de que aún en personas destacadas, como la mencionada, podemos encontrar identificaciones con lo que se tiene (capacidades, obras, profesiones, roles, condiciones externas, estatus social, etc.) y con la aparente incapacidad de soltarlas.
Estimado lector:
¿Puedes ver tus propias identificaciones? Si te cuesta verlas, ¿puedes preguntarle a personas cercanas, que te conocen bien, cuáles son las que ellos ven en ti?
¿Logras vislumbrar cuánta libertad ganarías si lograras soltarlas? ¿Qué requerirías para poderlo realizar?
¿Anhelas desenvolverte espiritualmente? ¿Puedes ver qué necesitas para hacerlo?