Hace 30 años que practico Aikido, el más espiritual de las artes marciales. Es una forma de hacer en la práctica la desaparición, el anularse para poder resolver de manera pacífica un conflicto.
Cafh y el Aikido corren paralelos en las antípodas del planeta, los dos fueron fundados en la década del 30 y los dos buscan la armonía universal.
El AIkido nace de letales artes marciales japonesas y de la iluminación que tuvo su fundador: Morihei Ueshiba dentro de una rama del shinto liderada por Onisaburo Deguchi, quien quería hacer un “paraíso en la tierra”.
El Aikido le da sustancia corporal a lo que aprendemos en nuestro camino espiritual, se plasma dentro del “dojo” (literalmente lugar del camino en japonés).
Cuando viene un ataque de parte del compañero de práctica en lugar de un contraataque o bloqueo se avanza y se sale de la trayectoria, si el compañero insiste nos movemos de tal forma que al desaparecer se produce un vacío donde el otro es derribado.
Si bien es un arte marcial que por todos los medios intenta no hacer daño al adversario, no por eso deja de ser efectivo y fuerte si se quiere. Es allí donde se expresa quien y como somos.
Meditación y armonía
En todo el movimiento que dura algunos segundos hay que mantener la atención en uno mismo, en el entorno y en el compañero, si uno se pone tenso o quiere hacer fuerza en contra de lo que fluye, se rompe la armonía inmediatamente.
Es como en el diálogo, donde la energía fluye.
En Aikido en lugar de oponerse al ataque, se integra y así se soluciona por la armonización.
En la vida cotidiana se refleja en cuando en lugar de resistir una situación:una discusión, una enfermedad, un inconveniente, nos mantenemos centrados y atentos, listos para actuar de la manera correcta, sin dejar que nuestros prejuicios, automatismos y respuestas fáciles tomen el control.
Cada aspecto que surge en el Aikido se puede llevar a la meditación diaria y la meditación se puede llevar a la práctica del Aikido.
Por ejemplo, el Aikido tiene caídas, algunas que se ven espectaculares y parecen peligrosas, es posible en esos casos meditar el osar, el poder ir más allá de los propios límites.
El cuerpo expresa nuestras indecisiones, nuestras dudas, como nos enfrentamos al conflicto y a partir de allí se puede trabajar en aquello que no siempre tenemos en la conciencia.
Como llevarlo a la práctica
Estos aspectos que salen a la luz con el Aikido se pueden ver en otras actividades y deportes. La observación de cómo se reacciona, que hacemos siempre ante una pelota, cuando nadamos, cuando caminamos o corremos es una fuente de aprendizaje profundo.
Por ejemplo, una actividad siempre como correr distancias medias (alrededor de los 5 a 10 km) es todo un desafío mental y físico. Alrededor del medio kilómetro uno siente que no puede más, que el cuerpo no responde, si continúa de pronto parece que no cuesta nada seguir corriendo. Se llega más lejos cuanto más relajado se está. Hay que estar atento al entorno y disfrutar de ello; el paisaje, los sonidos, el movimiento del cuerpo. De pronto alguien nos supera, nos pasa. ¿Qué sentimos? ¿Cómo reaccionamos?
Es entonces cuando es evidente quién es el adversario: ¿Quién sino uno mismo? El ego que invade, que confunde, que repite, el enemigo que nos conoce al detalle y sabe de nuestras debilidades más íntimas.
Todo camino entonces es un camino del guerrero. El guerrero está alerta a sus movimientos interiores, está presente, fluye con el entorno y restablece el equilibrio, es un guerrero por y para la paz.



