Mensaje de Plenilunio 2012

¡Revitalicemos nuestro vínculo con la fuente misma de nuestra vocación! Retornemos una y otra vez al Templo de Oro que se asienta en el corazón, al palpitar cadencioso, al silencio, a la simplicidad.

Revitalizar el vínculo con la vocación es preguntarme qué significa para mí el compromiso de desenvolverme espiritualmente. Es responderme con honestidad cuánto de mi vida estoy dispuesto a comprometer para lograrlo. Es saber por qué elegí recorrer este camino y qué sentido tiene para mí hacer este esfuerzo. Es tomar conciencia de que todo lo que hago debiera orientarse a cumplir ese objetivo. Es verificar cuán unida está mi voluntad al propósito de mi existencia.

El primer compromiso que asumimos es con nosotros mismos: “Cultivar el hábito de silencio que me lleve al conocimiento de mí mismo y a expandir mi amor”. Hago evidente que busco conocerme al cultivar una actitud de humildad y agradecimiento, discreción en el trato y empatía con las almas. Hago evidente la expansión de mi amor a través de una forma de actuar cuidadosa y atenta, pronta a brindar amistad, asistencia y colaboración en un ámbito que comienza en lo más cercano y se vuelve cada vez más amplio, más inclusivo.

El segundo compromiso es el que asumimos con Cafh. Hago evidente esa adhesión a través de mi identificación con sus ideas, al hacerlas mías y expresarme a través de ellas, al profundizarlas y trabajar por ellas.

El tercer compromiso es el que asumimos con la sociedad. Hago evidente este compromiso a través del olvido de mí mismo y de lo que elijo hacer y priorizar, sin dejar que circunstancia alguna se interponga en mi camino de ofrenda.

Cafh nos invita a liberarnos, a ser almas libres. Por paradójico que parezca, en vez de limitarnos, cada compromiso nos libera, porque nos lleva a ceñir más nuestras vidas a lo que queremos llegar a ser. Nos invita a soltar amarras y a lanzarnos a las profundidades del insondable amor de la Divina Madre.

Busquemos la inmovilidad interior, la paz del alma, la quietud que nos permite contemplar nuestra vida como un todo; busquemos comprender, participar y elegir cada paso con sabiduría, desde lo profundo de nuestro ser. La mística del corazón nos enseña a buscar armonizar la fijación en nuestro centro interior con una actividad exterior fructífera, útil y eficiente. Esta dualidad se expresa a través de las ideas de Presencia y Participación.

La Presencia se logra cuando dejamos de saltar de un objetivo a otro y nos fijamos interiormente en un objetivo único, trascendente: en cumplir nuestra vocación, que es llegar a ser un alma sustancialmente unida a la Divina Madre. La Participación nos permite superar el peligro de quedar centrados en nosotros mismos al hacernos tomar conciencia de que somos en todo y en todos.

La aparente contradicción que implica vivir simultáneamente en Presencia y en Participación se resuelve a través de la Reversibilidad que nos impide caer en la dispersión y nos mantiene en la idea única de ofrendarnos sin esperar nada a cambio. La Reversibilidad nos otorga la flexibilidad de poder participar con todas las almas, en todos los aconteceres de la vida y del mundo, sin quedar por eso atrapados en acciones y sin perder de vista nuestra vocación.

Para lograr este estado de simplicidad que nos lleve a vivir en Presencia y Participación, ser una fuente de paz y transmitirla, usemos los medios que el método de Cafh nos brinda.

Valgámonos de la oración, que nos conduce a ser humildes al reconocer que hay algo que nos supera; y a desarrollar fe en las posibilidades del ser humano al trabajar sobre nosotros mismos sin apoyarnos en el estímulo de ver resultados.

Valgámonos de la elevación del pensamiento y la invocación a lo divino que nos recuerda hacia dónde vamos, nos hace conscientes de nuestro destino y de nuestra razón de ser.

Valgámonos de la práctica de la meditación que nos enseña a relacionarnos con lo trascendente y a hacer que ese contacto nos mueva a desenvolvernos.

Valgámonos de la reflexión que nos permite darnos una pausa para discernir con claridad y así aprovechar las enseñanzas que nos brinda la vida.

Valgámonos del ejercicio de detención que nos induce a desarrollar paciencia y comprensión y nos hace dueños del presente, de nuestros impulsos y pasiones.

Busquemos la lectura edificante que nos inspira y nutre lo mejor en nosotros.

Hagamos una práctica habitual del acto contrario que nos lleva a trascender nuestros gustos e inclinaciones para lograr responder a las necesidades reales y poder unirnos a todas las almas sin distinciones.

Revitalicemos el vínculo con nuestra vocación, con el momento más luminoso de nuestra existencia, para que su fuerza nos lleve a dar un nuevo salto en nuestro desenvolvimiento para el bien de nuestra alma y de todas las almas.

Busquemos con todo nuestro ser ingresar en un nuevo ámbito de posibilidades. Abramos esa puerta sin temor a perder esa comodidad que nos aletarga, esa seguridad que no es más que una ilusión, ese lugar que hoy ocupamos pero que mañana nos veremos obligados a dejar.

Busquemos el templo interior donde podamos permanecer en adoración de amor a los pies de la Divina Madre, ante el misterio de la vida y de la muerte. Busquemos la paz, la luz, la medida justa de todas las cosas. Irradiemos alegría, serenidad, amor.

© 2012 Cafh

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