Mensaje de Plenilunio 2009

¡Amemos la vida!

¡Amemos la vida tal como se expresa a través de cada uno de nosotros!

¡Amemos cada expresión de la vida como un potencial a desarrollar!

¡Expresemos nuestro amor a la vida desarrollando la egoencia!

Nuestro objetivo es claro: armonizar nuestra individualidad única, irrepetible, con nuestro destino de unión con lo divino, es decir, alcanzar la egoencia. Para generar esta individualidad egoente hemos de enfocar nuestro empeño en develar lo que mueve nuestros pensamientos y sentimientos; en desarrollar la conciencia para que nos lleve a ser inclusivos, compasivos, participativos; en desenvolver plenamente nuestro potencial como individuos; en perseverar hasta el final con la resiliencia de quien surge de cada experiencia fortalecido por lo aprendido; en fijar la mirada en la Divina Madre y caminar hacia Ella.

Al entender que somos los artífices de nuestro destino como individuos y como humanidad, comprendemos la importancia de preguntarnos por qué pienso como pienso y por qué siento como siento. Es ahondando en estas preguntas como descubrimos que en el trasfondo de nuestros pensamientos y sentimientos hay un resorte que activa nuestras respuestas. Ese resorte es la intención que nos mueve y es lo que debemos conocer, cuidar y cultivar. Vemos que, en los últimos años, se ha puesto mucho énfasis en concientizar qué elegimos para alimentar nuestro cuerpo, pero pocas veces nos preocupamos de qué se nutren nuestros pensamientos y sentimientos. Ahondemos en esta tarea, ya que de ese alimento depende el fruto que pueda ofrecer nuestra vida. Si dejamos de lado el temor a conocernos tal como somos y reconocemos las verdaderas intenciones que nos mueven, podremos ir sobreponiéndonos a nuestras limitaciones y egoísmos para elegir la intención que promueve nuestro desenvolvimiento, para bien nuestro y de todas las almas.

En nuestro caminar hacia la individualidad egoente se expande nuestra conciencia y cambia nuestro modo de relacionarnos con la vida. ¿Qué nos lleva de una existencia centrada en nosotros mismos a una vida en la que desarrollamos la capacidad de ser inclusivos, compasivos y participativos? Lo que produce esta transformación es un cambio en los objetivos de nuestra vida, lo que, a su vez, cambia la relación que tenemos con todo lo existente. Por eso es importante aclararnos a nosotros mismos qué queremos hacer de nuestra vida, realmente. Si elegimos el desarrollo de la inclusión, la compasión y la participación, esos principios regirán nuestras elecciones. Aun cuando nuestra voluntad flaquee y no tengamos la fuerza suficiente para elegir lo que condice con nuestras aspiraciones, esos principios nos harán tomar conciencia de que nos estamos alejando de nuestra meta, y esto nos dará la oportunidad de redelinear nuestro camino.

Al desarrollar plenamente nuestro potencial como individuos, con conciencia, con compromiso, trascendiendo nuestra esfera personal, se evidencian las innumerables posibilidades del ser humano.

Nos liberamos interiormente porque no nos paraliza el temor a perder lo que creemos ser, tener, ganar. Descubrimos que solo liberándonos de lo que creemos ser nos encontramos con lo que verdaderamente somos. Comprendemos que, en realidad, más que adueñarnos de bienes materiales, sólo podemos usarlos, disfrutarlos pero no poseerlos. El bien que es permanente y da valor a nuestra vida es el desenvolvimiento espiritual. Al expandir nuestra conciencia traspasamos el límite de lo personal y abarcamos campos cada vez más incluyentes, hasta abrazar lo que no conocemos y apenas intuimos.

El desarrollo de la individualidad egoente, no requiere agregar nada a lo que uno ya es. Más bien, consiste en hacerse una nada para poder reflejar lo divino. Desde nuestra infancia aprendemos que hemos de expresar nuestra voluntad diferenciándonos. Cuando elegimos desenvolvernos espiritualmente buscamos expresar nuestra voluntad identificándonos, hasta unirnos interiormente con el objeto de nuestro amor: la Divina Madre. Nuestra individualidad es real, si bien no logramos expresar espontáneamente todo su potencial sin un esfuerzo dirigido hacia ese fin. No conocemos cabalmente ni nuestra realidad ni la realidad; las percibimos a través de nuestro propio filtro y el de la sociedad en que vivimos. Nuestra mente, a través de imágenes, conceptos, temores, juicios, interpretaciones, pone velos que nos impiden ver la realidad tal como es. Tomar conciencia de este hecho es el primer paso. A partir de allí comienza el trabajo de ir descubriéndonos. Logramos una individualidad egoente a través de un trabajo consciente orientado hacia la esencia de quiénes somos.

Cuando iniciamos este camino hacia una individualidad egoente sabemos que no es un trabajo para un día, por un tiempo nada más. Es una tarea de toda la vida. Perseverar hasta el final en este objetivo, con la resiliencia de quien surge de cada experiencia fortalecido por lo aprendido, ha de ser la manera en que visualicemos nuestra “marcha del alma” hacia la unión con la Divina Madre.

Esta es nuestra mística, nuestra actitud para vivir, nuestro compromiso. Cuando el anhelo de unión con la Divina Madre se mantiene actualizado en nuestras vidas, permanecemos interiormente serenos, con la mente y el corazón fijos en nuestra misión espiritual. El permanecer dentro del ámbito de una idea trascendente, impregna la intención que da dirección y sentido a nuestras vidas.

Esta fijación espiritual se traduce en estabilidad interior. Cuanto más apoyamos la actividad exterior en esta estabilidad interior, mayor es la trascendencia de nuestro hacer. Aquietar la mente, remansar la corriente de los pensamientos y sentimientos, aclara progresivamente la percepción que tenemos de nosotros mismos y simultáneamente va ampliando el área de nuestra incumbencia. Cuando, a través de la práctica, surge espontáneamente en nosotros la fijación espiritual, cesa toda búsqueda.

Encontramos nuestro lugar, nuestra misión, lo que da sentido a nuestra existencia; solo resta cumplirla. Imbuidos de este anhelo de unión con la Divina Madre, el estado de oración deja de ser una ilusión para convertirse en la forma en que nos relacionamos con todo lo existente. Nos transformamos en creadores de ambientes favorables para el desenvolvimiento espiritual al impregnar y cargar con nuestro magnetismo personal, con la fuerza de nuestros sentimientos y pensamientos positivos, cada lugar en el que estamos.

Expresemos el profundo anhelo de desarrollar nuestra individualidad egoente con nuestra confiabilidad, coherencia, serenidad y alegría de vivir. Nos constituimos en seres humanos confiables a través de la responsabilidad personal y social con que actuamos. La coherencia da continuidad a la responsabilidad y evidencia que vivimos con principios. La serenidad se asienta en el profundo amor y confianza en lo divino y la alegría nace de la plenitud de nuestra ofrenda.

Mostremos nuestro aprecio por cada instante de vida que la Divina Madre nos ha concedido, desenvolviéndonos.

Reverenciemos la vida en todas sus manifestaciones sin rechazar lo que es propio de la vida misma.

Celebremos cada instante de la existencia como una instancia preciosa, como el don de la vida. Y celebremos con unción la gracia de compartir la vida con nuestros compañeros y compañeras de camino, que son todas las almas.

© 2009 Cafh

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